Un parón para seguir creciendo

Las empresas, como los humanos, se mueven por inercia. Las inercias deseables generan rutinas en procesos de tal manera que rentabilizan esfuerzos. Pero existen otras, no deseables, que mecanizan de tal modo los movimientos que pueden llegar a entontecer las mentes directivas. Las inercias tóxicas deshumanizan la organización al enrolarse ésta en una rueda de continuismo sin tregua que puede apagar -de modo progresivo y peligrosamente imperceptible- ideas creativas y giros de volante necesarios en la carrera competitiva librada en el mercado global actual.

Ya es un paso reconocer en la propia empresa la existencia de una cierta rutina de las malas. Es aconsejable detectarla y, para eso, se necesita parar y pensar. La primera marcha del motor de un automóvil, la de mayor potencia, se activa desde el punto muerto. Esta breve reflexión sugiere la necesidad de un parón para seguir creciendo. Aunque todo vaya bien, quizás podría ir mejor. Y, además, ¿cómo asegurarse de que todo va bien y, sobre todo, que todo irá bien?

Evidentemente, no se propone paralizar el proceso productivo o de la actividad comercial. Se trata del alejamiento mental transitorio, por parte de la alta dirección, de sus actividades cotidianas del hoy para pensar soñar y definir el punto de llegada deseable del mañana. Es un parón no fácil quizás porque no es exigido, todo funciona, el negocio crece, incluso los indicadores son exitosos. Pero pueden existir costes de oportunidad solapados, oportunidades no visualizadas que el directivo avezado puede intuir pero que no encuentran el momento de sosiego mental adecuado para que las ideas afloren, por la sencilla razón de que nunca chillan tanto como la descompensación de tesorería o la reducción de ventas de producto.

Sólo desde la quietud activa se podría columbrar el pequeño –o gran– giro que necesita la empresa. El sosiego permite la capacidad de análisis para captar a tiempo el  cambio necesario y el ánimo para poder afrontarlo. El directivo se pregunta no solo si la empresa va por buen camino, sino si ése es el mejor camino de los posibles hoy, en su propio contexto de  mercado  (clientes y competidores).

Con el frenético ritmo habitual, con el móvil como una tercera mano inseparable, con reuniones –presenciales y virtuales- como estado habitual es, en la práctica, casi imposible que un directivo se plantee algo grande, profundo, distinto y rompedor. Ese giro, no evidente en la carrera diaria, puede ser vital para mantener o crecer las cotas actuales. Pero para eso es imprescindible pararse a pensar, soñar, diseñar. Generar la disposición interna de atreverse a cambiar o, al menos, a plantearse si es necesario algún tipo de cambio.

La pregunta certera, referida a la propia empresa, no es: ¿Quién soy hoy? sino ¿Quién quiero llegar a ser mañana, y cómo lo haré? Para esta reflexión profunda e importante es necesario apagar los ruidos de lo urgente, del hoy, de lo de siempre, del ahora… para trasladarse, aunque solo sea mentalmente, al mañana, a lo novedoso, al futuro, con un mayor grado de libertad, porque, con cierto plazo por delante, no existen costes fijos y se pueden disolver mejor ciertos límites.

Espacios de tiempo liberados de lo urgente para centrarse en lo importante. Puede que parezca hoy accesorio, pero mañana quizás comprenda que este parón ha sido vital para el crecimiento o, tal vez, para la supervivencia de la empresa. Lo que empezó como una acción neutra podría llegar a ser, con el tiempo, la tabla de salvación.

Sol Quesada Blasco (Directora Asociada)

 

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