Elementos clave de la empresa del siglo XXI: La ética empresarial (y 3)

El tercer y último de los elementos fundamentales de la empresa del siglo XXI, es, sin duda, la ética empresarial y, en particular, el liderazgo ético.

La empresa ya tiene de por sí una responsabilidad social ligada al propio ámbito de su actividad con respecto al contexto interno y externo. Además, desde hace 20 o 30 años se viene incidiendo cada vez más y de forma muy oportuna en la RSC, que resalta no solo aspectos sociales y ambientales, sino también económicos. Como suele ser habitual con las corrientes y modas que nos afectan periódicamente, en torno a la RSC se escribe últimamente mucho y en la mayoría de las ocasiones se transmite y percibe como un concepto de carácter impersonal, algo ligado a la entidad “empresa” por su uso como arma de marketing de alto impacto en la imagen y reputación de la empresa, más que como un factor estratégico que pudiera muy bien convertirse en el elemento diferenciador que atraiga a clientes o consumidores, aquellos, por cierto, que están modificando los criterios de compra y que exigen a las empresas respeto y responsabilidad en ámbitos que nunca antes les fueron requeridos.

Pero al referirnos a la ética empresarial pretendemos proponer algo más ambicioso y que encaja sólidamente con los dos elementos ya mencionados: la estrategia y las personas. La ética empresarial acoge conceptualmente a la RSC y la proyecta en caminos muy diversos. La ética empresarial no es una pose adoptada para no ir contracorriente en un mundo que está cambiando a gran velocidad. La ética empresarial no es posible encorsetarla en normas, porque no sería materialmente posible identificar todos los aspectos y matices que aquella requiere. La ética empresarial deriva de algo que nunca debería olvidarse: la finalidad social de toda empresa, algo más que una pura declaración de intenciones que implica obligaciones muy específicas: creación de valor a través de la producción de bienes y servicios en respuesta a la demanda del mercado, para generar beneficios económicos a sus accionistas “y” bienestar a la sociedad.

Ante casos relativamente recientes como Emron, Worldcom y otros de menor efecto mediático, en los que la absoluta falta de ética tuvo consecuencias sociales dramáticas, la RSC queda relegada y vinculada a sentimientos meramente ambientales más que a la apuesta decidida por mantener un alto nivel de exigencia ética en las prácticas empresariales, en todas. Por consiguiente, las empresas deben asumir mayor responsabilidad social que la mera RSC, deben admitir que sus prácticas de responsabilidad social, tal y como son entendidas hoy, no son suficientes, y que para seguir desarrollándose tienen que encarar una nueva etapa de mayor exigencia interna que fundamente su actividad, como resultado de su estrategia, en prácticas y principios éticos empresariales que, dicho sea de paso, debieran especificar y hacer públicos para una mayor transparencia.

¿Y quién sino sus líderes son los responsables de conducir a las empresas bajo estos principios? ¿De quién sino de ellos deben emanar las pautas, directrices, órdenes, indicaciones, políticas o estrategias de respeto a los principios éticos empresariales que cimientan su actividad? Entonces, lejos de la impersonalidad que antes achacábamos a la RSC, la ética empresarial se transmite y mantiene viva gracias a los líderes. Son ellos, por lo tanto, los responsables no solo ante los accionistas, las instituciones económicas y fiscales, sino también ante la sociedad cuando el bienestar de ésta se ve afectado. Tan culpables son quienes alteran las cuentas de la empresa con el objetivo de presentar resultados que están lejos de la realidad, como quienes vierten substancias nocivas para el entorno, como también quienes utilizan prácticas agresivas de reducción de costes que generan desempleo masivo de gran impacto social.

En el siglo XXI, la sociedad demanda un estilo de liderazgo diferente, un liderazgo ético del que poco se oye en escuelas y foros empresariales. Se lo demanda a los políticos, gobernantes y también, por supuesto, a empresarios y ejecutivos. Con independencia del estilo con el que se ejerza ese liderazgo (“transformacional”, “carismático”, “autoritario”, “personalista”, etc.), tanto si ese estilo responde a un contexto o necesidad temporal como si es permanente por la propia personalidad del líder, el substrato, el elemento común y permanente debe ser único: los principios y prácticas responsables que configuran la ética empresarial. En el marco de la empresa, los líderes del siglo XXI no solo deben responder ante sí mismos, ante sus seguidores y colaboradores o ante el conjunto de la organización, como habitualmente se insiste. No, en este siglo, la ética empresarial, si es que se adopta por parte de las organizaciones como factor de mayor compromiso que la RSC, obliga a que sus líderes respondan, inexcusablemente, también ante la sociedad. Es el liderazgo ético, lo demás ya es historia.

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